
Frené mi paso al verla. Las olas golpeaban El Malecón y la empapaban, pero ella estaba más allá de sí misma, e incluso del mar y sus tiempos. Las piedras de la Habana refulgían en torno suyo. En una soledad incendiaria, contenía todo cuanto la rodeaba.
Decidí que la distorsión y perspectiva del grueso muro representaran su determinación. Hice apenas tres o cuatro fotos y tuve que guardar la camara para permitir a mis sentidos emborracharse con la brisa de salitre y olor a promesas lejanas.
Estos espacios personales de revelación son los que en verdad nos construyen y destruyen. Es a través de ellos que accedemos a la soledad renovadora que Rilke tratara en su carta sexta de "Cartas a un Jóven Poeta".
Las histerias prefabricadas del deporte, la política o la religión, organizadas como espectáculo, rara vez hacen más que reafirmar fundamentalismos. Los rituales personales son tsunamis necesarios, los colectivos apenas lluvia sobre el mar...
